Igual que en el caso de la tortilla de patatas, el origen de las tapas despierta un gran interés popular que ha desembocado en un tropel de leyendas urbanas y mitos indocumentados. Dependiendo de dónde busquemos, podemos encontrar como inventores de tal fenómeno a diversos personajes ilustres que sirven para darle a la historia un halo de misterio y relumbrón.

Desde Alfonso X el Sabio, del que se dice que llevó un placentero tratamiento médico a base de tragos de alcohol acompañados de ligeras comidas para evitar el emborrachamiento, hasta los mismos Reyes Católicos, dolorosamente necesitados de un avituallamiento rápido en una de sus campañas de la Reconquista.

Y tú, ¿con qué teoría te quedas?

Otras teorías se inclinan por marcar el nacimiento del tapeo en Cádiz, escenario de una supuesta anécdota en la cual un rey (Fernando VII o Alfonso XII) es convidado a un vaso de vino en una humilde taberna. Debido a la presencia de moscas en el establecimiento, el hipotético tabernero decide en un arranque de ingenio poner una loncha de jamón encima del vino para no perturbar a su majestad con la vulgaridad de una mosca nadando en el trago. El rey -unas veces Fernando y otras Alfonso- hace alarde de la campechanía borbónica y encantado por el invento, reclama otro vino con tapa y sienta precedente entre la multitud.

Ninguna de estas teorías tiene base documental y parece harto difícil que diera la casualidad de que un jefe de estado estuviera presente en el preciso momento de la ocurrencia. Al fin y al cabo, acompañar la bebida con algún bocado es una situación tan trivial que resulta imposible definirla como un invento en un espacio y tiempo concretos.

Según se dice, los pintxos, por su parte, aparecerían en los años 30 en la propia Donostia. Cuenta la leyenda, aunque no hay datos certeros, que un establecimiento aún abierto en pleno centro de San Sebastián, el bar ‘La Espiga’, fue el pionero.

San Sebastián se encontraba en pleno momento de auge, con multitud de veraneantes atraídos por la fama que la aristocracia aportaba a la ciudad, con su devoción por la misma. La playa, el lugar más visitado por locales y veraneantes, se ubicaba, como lo está ahora, a pocos metros de este local, por lo que eran muchos los que a su salida pasaban por el bar. El pintxo surgió como una forma de reclamo gracias a la cual se conseguía que los paseantes entraran al bar. El nombre “pintxo” se debe a que en sus inicios consistían en algo de comida, colocada sobre un pan, y sujeto por un pincho.